miércoles, 16 de marzo de 2011

Víctimas del desastre en Tohoku

Japón lleva días luchando contra la naturaleza y contra sí mismo en una carrera contrarreloj. Me gustaría apartarme un poco de la disputa que existe estos días en la red sobre si los medios españoles exageran y los medios japoneses no informan lo debido. La situación es la que hay y lo importante es que hay miles de personas afectadas, por lo que poca ayuda es poca.
Para los que viven en Japón y quieran colaborar, pueden hacerlo de dos maneras:

1. Donando sangre, quizás los más necesario en estos momentos. Pueden dirigirse a cualquiera de los puntos que habilita la Cruz Roja por el país. Desgraciadamente, no es posible realizar donaciones de sangre desde el exterior. Para más información: http://www.jrc.or.jp/donation/index.html
Aunque la página está en japonés, habilitan un mapa para consultar dónde se pueden realizar las donaciones.

2. Donaciones de dinero a la Cruz Roja en Japón. Si tienes cuenta bancaria en Japón o tarjeta de crédito puedes hacer ingresos directamente a la sucursal de la Cruz Roja en Japón. La página con los datos es la siguiente: http://www.jrc.or.jp/english/relief/l4/Vcms4_00002070.html
Solo figura el banco Sumitomo. Para donaciones a través de otros bancos nipones:
http://www.jrc.or.jp/contribute/index.html (esta última solo en japonés).

Para aquellos que se encuentran en el extranjero, el único modo de ayudar es mediante donaciones económicas, ya que los gobiernos no recomiendan (y en algunos casos no permiten) ir a Japón a colaborar. Existen varias organizaciones, pero Cruz Roja me parece más de fiar. Estos son los datos para Cruz Roja España:
http://www.cruzroja.es/pls/portal30/portal.donante.donativo

Ni qué decir tiene que una de las mejores formas de ayudar si vives en Japón es ahorrando energía.
¡ÁNIMO JAPÓN!   日本頑張れ!!

martes, 8 de marzo de 2011

Días 11 y 12: Ruinas de Angkor

El parque arqueológico de Angkor (equivocadamente generalizado Angkor Wat) reúne las ruinas de lo que fue el poderoso imperio jemer, que gobernó Camboya desde el siglo IX. Debido al sincronismo de religiones que expliqué en un post anterior, en los templos podemos ver tanto reminiscencias budistas como hinduístas. No obstante, durante una época de la civilización jemer algunos de los templos budistas fueron saquedos, las cabezas de los budas cortadas y se reconvertieron al hinduísmo. Quizás por este motivo los templos de Angkor son uno de los lugares donde más difícil es distinguir los elementos budistas de los hinduístas, pues en muchos de los casos forman una única religión.

Desde luego, Angkor bien merece una visita a pesar de lo incómodo que resulta llegar al país y salir de él. Para visitar el parque podemos escoger varios métodos, pero yo elegí contratar un tuk-tuk por 15 dólares al día y este me llevaba a cada templo y esperaba a que terminara mi visita. Muchos turistas montaban en bici, pero lo considero un error, pues el recorrido total son más de veinte kilómetros, por un terreno penoso y un calor asfixiante. Los tuk-tuk generalmente ofrecen dos tipos de recorridos, uno largo de veintisiete kms y que debe realizarse en dos días, y otro corto, de unos catorce y que recorre los templos más cercanos. Este último esta pensado para un solo día de visita, pero el inconveniente es que deja algunos templos importantes sin visitar y para en otros que no merecen la pena.
Voy a comentar los que más me gustaron:

Angkor Wat
Aunque es el nombre por el que se conoce muchas veces al recinto entero, este es en realidad un único templo. Está considerado el monumento religioso más grande del mundo, y no es para menos, pues su visita puede durar varias horas. 

Está rodeado por unas murallas, que representan las fronteras del mundo, y en el centro, el edificio principal, compuesto por una torre central y cuatro en sus vértices, simboliza el monte Meru, donde habitan los dioses según el hinduísmo, pues este templo originariamente estaba consagrado a Vishnú, dios de la creción. Si vemos la composición del templo desde arriba, nos daremos cuenta de que está basada en el Mandala, representación hinduísta del cosmos que más tarde se adaptó al budismo. Las paredes están decoradas profusamente con apsaras (bailarinas) y otros relieves. Ya en el interior de las torres podemos observar imágenes de Buda que ponen de manifiesto la creciente importancia del budismo en aquella época.

Mi recomendación es ver el templo detalladamente por la mañana temprano y volver a entrar al atardecer, cuando hayamos terminado de visitar el resto. Angkor Wat mira hacia el oeste, algo raro en los templos de la civilización jemer, por lo que se tiñe de color naranja por la tarde.

Angkor Thom
Es como se conoce a un enorme conjunto de templos localizados en el mismo recinto, que está considerado una ciudad misma. El más famoso es el de Bayon, que personalmente es el más impresionante de todos los que pude ver en Angkor.

El templo de Bayon es famoso por las más de doscientas caras de Buda sonrientes que decoran sus más de cincuenta torres. Cada torre tiene cuatro caras que miran a los cuatro puntos cardinales. El significado de las caras es desconocido, pero se cree que simboliza al Buda Bodhisattva (bosatsu en japonés) que todo lo ve. La sensación en el templo de que siempre te está observando más de un Buda es inquietante. 

Bayon representa el último de los estilos arquitectónicos de Angkor, por lo que se caracteriza por una mayor profusión de elementos budistas y escasos símbolos hinduístas.

Tras el espectacular Bayon tenemos un gran número de pequeños templos y muros con relieves desperdigados por Angkor Thom.

Preah Khan
Enorme templo semi ruinoso que resume muy bien el ambiente de Angkor. Es enorme y tiene una estructura cuadrangular. Los detalles de sus muros son de lo mejor que se puede ver en todo el complejo arqueológico.

Ta Prohm
Uno de mis favoritos, precisamente por la atmósfera que le rodea. Recrea el entorno con el que el botánico francés se encontró al descubrir Angkor en el siglo XIX, restos arqueológicos sin intervención del hombre durante cientos de años. Los árboles están incrustados en los muros del templo, algunos de los cuales han tenido que ser cortados por el peso de los mismos. El desgaste del templo durante los últimos años se nota, pues muchos de los muros están derrumbados. Aún así, su visita es imprescindible. Las fotos hablan por sí solas.

Phnom Bakheng
Aunque el templo en sí no tiene nada de especial, el hecho de que se encuentre situado en la cima de una montaña permite al viajero disfrutar de unas vistas impresionantes al atardecer sobre Angkor. Por esta razón es recomendable dejar Phnom Bakheng para el último lugar. El punto negativo lo pone la masificación de turistas a la misma hora para ver cómo Angkor Wat se tiñe con el color naranja del sol poniente.


Pre Rup
La gracia de este templo radica en que está construido a lo alto, al contrario que la mayoría. Sus empinadas escaleras nos llevan hasta la cima, lo que permite observar el inmenso bosque que acoge Angkor. Pequeño y de visita fugaz, merece la pena porque es bastante diferente de otros templos que se encuentran en la zona.

viernes, 18 de febrero de 2011

Día 10: Llegada a Siem Reap

El viaje duró algo más de veinticuatro horas. El recorrido de retorno fue exactamente igual que el de ida. Ya en Bangkok un conductor nos esperaba a los que habíamos contratado el mismo transporte para llevarnos hasta la frontera. El viaje se hizo más o menos entretenido gracias a que todos los viajeros éramos europeos y conectamos muy bien. Desde luego uno no deja de sorprenderse con los viajes que hace la gente por el mundo.
 La frontera entre Tailandia y Camboya es, posiblemente, el lugar más pobre que haya visto jamás. Un terreno arenoso donde no hay absolutamente nada: solo cuatro casas, un arco de bienvenida a Camboya y, eso sí, mucha gente. El proceso para conseguir un visado de entrada, obligatorio incluso para turistas, es bastante engorroso y lento, pues tardó algo más de dos horas a pesar de que tampoco había tantos turistas. Rompe el corazón ver a niños tirar carros enormes, trabajar con tractores o simplemente estar tirados en el suelo.
Desde la frontera, cogí un taxi con los chicos daneses que conocí en el autobús y, tras dos horas de viaje de nuevo, por fin llegué al hotel, en la ciudad de Siem Reap. El larguísimo viaje me dejó exhausto y sin ganas de separarme del aire acondicionado de la habitación.
 
Siem Reap es la ciudad (o mejor llamémoslo un lugar con más de dos casas juntas) más cercana a las ruinas de Angkor. Por este motivo, todos los turistas escogen esta pequeñísima ciudad, lineal y apenas sin asfaltar, como lugar de alojamiento para visitar los templos.
Mañana por fin comprobaré si los templos de Angkor hacen honor a su fama.

Días 5 a 9: Ko Samui

El frío que pasé en el tren me dejó mal cuerpo. No entiendo cómo pueden poner el aire acondicionado tan fuerte. No exagero si digo que podíamos estar a 5 grados.
Llegué a la estación de Surat Thani por la mañana, pero luego hasta Ko Samui aún quedaba un largo camino. Desde Surat Thani tuve que coger un par de autobuses hasta el puerto, donde a su vez monté en el ferry. Cada uno de los trayectos duraba más de una hora, por lo que finalmente no pude llegar al hotel hasta las tres de la tarde. En Bangkok el transporte no estaba mal del todo, pero ya en el sur del país es un auténtico desastre. Las compañías de tours y viajes organizados se las ingenian para meter a varios grupos en el mismo autobús, por lo que si tienes la mala suerte de bajarte en el último destino, tu viaje tardará bastante más de lo previsto. Viéndolo en el mapa, no son más que unas pocas decenas de kilómetros, pero mi viaje desde la ciudad de Surat Thani hasta el puerto tardó casi tres horas precisamente por eso. 
El trayecto en ferry tardó unas dos horas aproximadamente, bastante agradable por tratarse del primer sol de la mañana. Una vez en el puerto de Nathon cada uno debe arreglárselas para llegar a la playa donde tiene el hotel. Es aquí donde intentan aprovecharse descaradamente de los turistas, pues los taxis pedían 600 bats hasta la parte oriental. Cogí una mini furgoneta roja que trasladaba a otros tailandeses por solo 100 bats, un precio más que razonable.
Durante los siguientes cuatro días no hice más que disfrutar de la playa. Aunque personalmente me gustaron más las costas de la península de Yucatán, en México, las de Ko Samui tampoco estuvieron mal del todo. Quizás me esperaba demasiado y el tiempo no ayudó, ya que hacía bastante viento y el mar estaba bastante embravecido, por lo que no dejaba relucir ese famoso color azul verdoso.

La isla no tiene ningún interés cultural, a excepción de un pequeño Wat que hay al norte. Por la mañana está bastante llena de parejas mayores (al menos la playa donde yo estaba, Lamay), y por la noche la gente joven (y no tanto) salía a beber en un ambiente de prostitución y pederastia que a mí no me hizo ninguna gracia. Puede que me equivocara de playa, o no, pero no deja de ser vergonzoso que los occidentales vayan a una isla perdida en el mar, donde ni siquiera había policía, para tener sexo con menores. La fama de Tailandia con respecto a la prostitución infantil no es una leyenda. Es la realidad pura y dura, y lo que más duele es que seamos los occidentales, que se nos llena la boca hablando de los derechos humanos, los que empeoramos la situación. Palabrería barata occidental. A ver si dejamos de ser tan sumamente cínicos y damos ejemplo de una vez.
Tras los cuatro días de reflexión, hice el camino de vuelta a Bangkok del mismo modo. Y con las mismas vueltas, claro está. Desde Bangkok cogeré un autobús que me llevará hasta el corazón de mi viaje, el motivo por el que he llegado hasta aquí: las ruinas de Angkor, en Camboya. Si es tan solo una décima parte de lo impresionante que dicen que es, estoy seguro que no decepcionará. Veremos qué tal.

domingo, 13 de febrero de 2011

Día 4: Adiós, Bangkok

Antes de dejar el hotel cogí un barco, el Express Boat, para recorrer el río Chao Phraya y llegar al templo Wat Arun. Es, sin duda, el medio más cómodo de llegar. Nos podemos bajar en el puerto número 8 y coger una pequeña balsa que nos lleva hasta la orilla opuesta.

Wat Arun
Llamado así por estar dedicado a Aruna, diosa hindú del amanecer, su estilo difiere bastante de otros templos de la ciudad. Compuesto por un prang central (torre propia de los santuarios hindúes que simboliza el monte Meru, donde habitan los dioses) enorme y cuatro más pequeños en las esquinas. Se puede subir hasta la mitad aproximadamente del prang central, y merece la pena el esfuerzo de escalar esos peldaños imposibles para disfrutar de las vistas del río desde lo alto. El esfuerzo de subir los escalones, muy estrechos y altos, simboliza la dificultad de lograr alcanzar los niveles más altos de la existencia humana. La imagen de las torres vistas desde el río tampoco tiene desperdicio.
  Con este templo podemos observar muy bien el sincronismo del hinduísmo con el budismo. La fe budista se ha caracterizado en toda su historia por ser tolerante y abierta, por lo que el sincronismo de esta con otras religiones y culturas no es nada extraño en los países asiáticos. Esta fusión del budismo (a nivel tanto artístico como religioso) con otras religiones no solo se da con el hinduísmo, propia del sudeste asiático, sino que también podemos encontrarla en Japón, con el sintoísmo; en Corea, con el confucianismo (este, más bien una filosofía), y en China, con el Taoísmo.

Este es el tercero y último de los principales templos de Bangkok. Si vamos a estar un solo día de visita por la ciudad, el recorrido recomendado es: Wat Arun, Wat Pho, Wat Phra Kaeo. Nos dará una vista general del budismo tailandés.
Tras esto, volví al hotel a recoger mis cosas y me dirigí caminando a La zona este de Sanam Luang, donde se ubica un gran número de templos menores, no por ello menos espectaculares. Además, su escasa afluencia de turistas me permitió disfrutar mucho más de un ambiente más místico.

Wat Ratchabophit
Cerca de Sanam Luang, no entra en la lista de templos principales, pero dicidí visitarlo por estar en una zona con templos muy cercanos entre sí.
La entrada es sobrecogedora, con unos detalles en la arquitectura del pabellón principal y los muros que no había visto en otros templos. Tiene una estructura circular y su estilo es una mezcla asiática con influencias europeas, bastante común en los templos de Bangkok. Fue construido durante la segunda mitad del siglo XIX y las piezas que forman los coloridos muros y columnas están echas de porcelana. El pabellón principal es de estilo de Sri Lanka, donde el chedi (la columna dorada de la foto) se encuentra sobre este.

Wat Suthat
De construcción más temprana que el anterior, su blanco pabellón (wihan) es el más grande de la ciudad. Tuve la suerte de entrar cuando un monje estaba oficiando unos rezos, por lo que encontré a bastantes fieles en el pabellón recitando las escrituras. La lectura se hace con cánticos indescriptibles, que recuerdan a invocaciones o ritos místicos. Toda una experiencia, diferente de las que había presenciado en Japón o Corea. El Buda del interior es inmenso, y los murales vuelven a ser imponentes: ofrecen una representación de la cosmología budista.
En el exterior del wihan tenemos un gran número de estatuas de Buda muy similares a las del Wat Phra Kaeo.

Wat Rachanadda
Desafortunadamente, el templo estaba en reconstrucción, aún así se podía visitar por fuera, con el consiguiente estorbo de los andamios. El pabellón es metálico, algo muy poco común en Tailandia, y el chedi es también de estilo de Sri Lanka.
Fuera del templo hay un larguísimo mercado de amuletos y demás artículos budistas.


Por último, vi el exterior del Monte Dorado, llamado así porque tiene un Wat con un chedi de oro en la cima. No tiene demasiada altura y se asimila más bien a una pequeña colina. Antiguamente, era el lugar donde se realizaban las cremaciones.
 
Tras este maratón turístico, cogí el autobús hasta Siam Paragon, el centro comercial más espectacular de Bangkok, para descansar hasta la noche. Atestado de gente, estos grandes almacenes se encuentran en la conocida plaza de Siam, y te hace olvidar la pobreza de otras zonas. Aunque desgraciadamente la clase social con bajo nivel adquisitivo aún sigue siendo numerosa, existe una creciente clase media que se deja ver por estos lares para quemar la tarjeta de crédito.

Por fin llegó la noche y fui a coger el tren a la estación Hua Lamphong. De noche presenta un aspecto bastante tétrico, con luces muy tenues, sin aire acondicionado y un ambiente de principios del siglo XX. Incómoda, quizás, pero con espíritu propio.
Se presenta una larga noche sentado en el tren, esperando por fin a vislumbrar el por tanto tiempo ansiado mar.

Día 3: Ayutthaya

Día bastante movidito... Cogí el tren destino a Ayutthaya en la estación Hua Lom Bong. El precio irrisorio del billete ya me hizo presagiar las condiciones en las que estaría el tren. El trayecto, aunque estipulado en hora y media, duró algo más de dos horas, además del retraso de veinte minutos con el que partió. Sin aire acondicionado y con el sol directamente de lado, era mejor tomarse las dos horas de viaje con paciencia.
Una vez en Ayutthaya, los tuk-tuk y agentes de viaje agobiaban a los turistas con ofertas. Hay que tener especial cuidado porque estos pueden convencerte de que el templo al que te diriges está en la otra punta de la ciudad para que te montes en sus vehículos, cuando en realidad el lugar está al lado mismo. Aunque esto es muy característico de Tailandia en general, por lo que he podido comprobar.


Hubiese sido preferible alquilar una bicicleta individual, pero yo, espartano donde los haya, decidí ir a pie, error fatal con desastrosas consecuencias.
Empecé la visita por el templo Wat Ratchaburana y seguí con el Wat Phra Mahathat, el más famoso de la ciudad. Ayutthaya fue la capital del reino del mismo nombre, que precedió al de Siam, antiguo nombre del Reino de Tailandia. Vivió una época de esplendor cultural y militar, hasta que la ciudad fue saqueada por los birmanos en 1767. Debido a esto, todo lo que queda en Ayutthaya son ruinas de una cultura que fue la antecesora del arte tailandés del siglo XIX. Los templos se considera que tuvieron un estilo arquitectónico muy parecido a los que podemos encontrar en Bangkok. Sin embargo en Ayutthaya solo encontraremos los cimientos de lo que fue, lo que no menosprecia su valor cultural. Destaco la cabeza de Buda rodeada de las ramas de un árbol.
 
Tras la visita del segundo templo, y en busca del tercero, el espíritu aventurero me convenció de que cogiera un atajo, atravesando la parte seca de un río. No estaba tan seca como imaginé y la tierra me tragó literalmente, cubriéndo me hasta el pecho. Afortunadamente unos chicos lugareños que estaban por allí me ayudaron a salir con un palo (los chavales estaban muertos de risa, claro está, pero tampoco les iba a quitar yo la diversión, con tal de que me salvaran...). Por suerte, todo el equipo que llevaba (cámara, iPad, guía, cartera...) quedó a salvo en la mochila.
El barro pesaba y no podía caminar mucho rato en esas condiciones, menos aún entrar en algún lugar turístico. A pocos metros del maldito río estaba la familia que me ayudó. Tenían una especie de restaurante para turistas, vendían bebidas y ofrecían transporte. El anciano de la familia me ayudó a quitarme el barro con la manguera, pero no tardó en venir el resto de gente para echar una mano o para curiosear un rato. Estuvimos bastante tiempo limpiando toda la ropa. Una señora me regaló un pantalón corto y tras darle veinte mil veces las gracias, me llevaron hasta la estación de autobuses, pues mi humor ya no estaba como para continuar haciendo turismo. No sé que hubiese pasado si no fuera por la amabilísima familia que salió de la nada. Me dijeron que cuando volviera a mi país hablara sobre ellos, y aquí esta, pues, mi agradecimiento. Lástima no haberme echo una foto con ellos.
Durante el trayecto en tren de vuelta a la ciudad, conocí a un par de chicas japonesas que, a pesar de tener tan solo veinte años, estaban haciendo un viaje por todo el sudeste asiático, incluido Laos y Myanmar. Con un par, sí señor.
Ya en la ciudad, tras ducharme y mandar a la tintorería toda la ropa enfangada fui a darme una vuelta por Silom, otro de los lugares modernos de la ciudad. El acceso fue fácil: una vez en la Plaza Siam, que visité el día anterior, se toma el Skyline, tren que recorre la zona en dos líneas sobre la carretera. Unas vistas muy bonitas, sobre todo si se coge de noche.
Silom es como Siam Square pero con mercadillos para los extranjeros, donde se pueden conseguir desde recuerdos de viaje hasta ropa, bien barata si sabemos regatear.
Se nota la mano japonesa en las zonas modernas de Bangkok. La mayoría de las tiendas, restaurantes o grandes almacenes son nipones. No solo eso, sino que el noventa por ciento, sin exagerar, de los coches que se ven en la ciudad son de la marca Toyota. Parece ser que han hecho un buen negocio con los tailandeses. Si entras en cualquier supermercado o tienda de veinticuatro horas, la mayoría de los productos que verás son japoneses. Además de verse bastantes chicas de estilo Gal por la ciudad. Han sabido bien vender su cultura moderna.
Mañana último día en Bangkok. A disfrutar de más templos y por la noche, rumbo a la playa.

Día 2: Bangkok cultural

Una sola mañana ha sido suficiente para dejarme atrapar por la capital tailandesa y olvidarme de las hileras de hormigas del hotel. El patrimonio cultural de Bangkok es tan impresionante que nada tiene que envidiar a ciudades históricas tan renombradas como Roma o Kioto. Vamos por partes.
Sin tomar escarmiento de los tuk-tuk, por la mañana decidí montarme en otro, esta vez mucho más tranquilo. La razón por la que lo hice es que un amabilísimo abuelo tailandés me recomendó un recorrido turístico (innecesario, pero tampoco voy a menospreciar la buena fe del hombre) y me recomendó que utilizara el mismo tuk-tuk para todo el trayecto. De esta forma, tras acordar con el conductor 40bats (1.4 euros) por el viaje completo nos pusimos en marcha rumbo al primer templo del día: el Wat Indrawihan, famoso por su gran estatua de Buda y que el anciano se empeñó en que visitara, pues no estaba en mis planes iniciales. Tampoco tiene mucho que destacar y además no pillaba de camino, pero como primer punto de visita no ha estado nada mal. 

  
Tras esto el tuk-tuk me llevó a una agencia de viajes para contratar los transportes a la isla de Ko Samui y a Angkor, en Camboya. Me soplaron 5000 bats del ala (unos 120 euros) pero al menos tengo la tranquilidad de que llegaré hasta Camboya sin problemas (o no). Ya veremos si me equivoqué al contratar el viaje.
Acto seguido, el tuk-tuk puso rumbo a uno de los templos más famosos de la ciudad.

Wat Pho
Este templo, un poco más al sur del Gran Palacio, destaca por albergar la enorme estatua del Buda Tumbado, además de ser el centro de educación pública más antiguo del país. Fue mandado a construir por el rey Rama I (primer rey de la dinastía Chakri) en 1780. En el interior podemos ver 4 chedi (especie de torre que sirve para albergar alguna reliquia de Buda) , cada una mandada a construir por un rey Rama diferente. Los chedi son quizás el elemento más importante de los templos tailandeses, pues estos se crearon para protegerlos.
El Buda Tumbado es una estatua alargada gigante que se encuentra en un pabellón adornado con murales. Más que esta estatua, destaca el Buda dorado del bot (pabellón) principal, rodeado de una atmósfera oscura conseguida por el color de los murales de las paredes, que realza aún más el color dorado del Buda sentado. Al igual que en muchos otros wat (templo), los murales describen la historia del Ramakien, una leyenda tailandesa sobre la lucha entre el bien y el mal.
Al terminar la visita y tras caminar todo recto, encontramos el templo más sagrado de la ciudad.

Wat Phra Kaeo y el Gran Palacio
Este es el mayor atractivo de la ciudad en cuanto a cultura budista se refiere. Es un gran recinto al aire libre que alberga tanto el templo Wat Phra Kaeo, que acoge el famoso Buda de esmeralda, como el Gran Palacio, antigua residencia de los reyes.
Fueron creados en el siglo XVIII para celebrar la inauguración de Bangkok como capital del país. Los reyes se alojaron en el palacio, muy fastuoso, hasta 1946, cuando el actual rey tomó el poder y decidió que no era adecuado que la residencia real estuviera en dicho sitio. El palacio no tiene mayor interés sin más, lo que personalmente merece la pena es el templo, a excepción del lujosísimo Salón del Trono de Dusit.
El bot central del templo da cobijo al Buda de esmeralda, la escultura más sagrada del país, más por la leyenda que la rodea que por su valor artístico real.
Por todas las paredes del templo (incluso en los muros exteriores), podemos observar los murales que describen el Ramakien que, dicho sea de paso, son los más grandes de la ciudad: un total de 178 escenas de la historia. Todo el complejo constituye una ciudad en miniatura, aunque a diferencia de otros templos, no es residencia para los monjes.

La entrada al recinto me ha parecido un poco cara comparándola con otros lugares turísticos (350 bats, algo más de 8 euros) y más teniendo en cuenta que los tailandeses no pagan. Además, hay que tener cuidado con las indicaciones, pues no se puede retroceder en la visita si quieres volver a ver algo o te has perdido. Al mínimo despiste te puedes encontrar fuera del recinto sin poder volver a entrar.


Tras la extensa visita a los dos templos, encontré en la misma calle el Museo Nacional, muy interesante para hacerse una idea de la historia del país y con un par de edificios que son verdaderas joyas arquitectónicas.
Ya por la tarde cogí el autobús hasta la Plaza de Siam, distrito de ocio de la ciudad donde se concentra un gran número de centros comerciales modernísimos y abarrotadísimos. Tengo que decir que en Bagkok la mayoría de la gente chapurrea el inglés, lo que hace muy cómoda la comunicación con los lugareños.

Al volver, me bajé en la plaza del Monumento a la Democracia, con manifestación de los camisas rojas incluída.

Mañana, a Ayutthaya, antigua capital del reino.