martes, 19 de abril de 2011

Días 13, 14 y 15: Ciudad Ho Chi Minh, Vietnam


Tras los dos intensos días en Angkor, cogí el autobús destino a Phnom Penn, capital de Camboya, donde haría un transbordo al autobús que me llevaría hasta ciudad Ho Chi Minh, al sur de Vietnam. 

El trayecto en autobús fue indescriptiblemente horrible. Carreteras muy mal asfaltadas, asientos pequeños, ambiente ruidoso, absurdas películas hongkonesas de los noventa puestas a todo trapo, conductores que adelantan sin mirar a los que vienen delante en caminos de un solo carril... Y lo peor de todo: siete horas y media para trescientos escasos kilómetros. Una fiesta, vamos.

Una vez en Phnom Penn, apenas la mitad del trayecto total que estaba dispuesto a realizar en el mismo día, tuve que confiar en el jefe de la compañía de autobuses, darle mi pasaporte y que este a su vez se encargara de ponerme el visado de entrada a Vietnam por la "módica" cantidad de 81 dólares. Sí, es un timo en toda regla, pero la noche anterior me enteré de que no se expedía el visado en la frontera con Vietnam y había que solicitarlo en las capitales con varios días de antelación, algo bastante incómodo y que le habrá fastidiado los planes a más de uno. No es broma, si llegas a la frontera sin visado no tienen ningún problema en mandarte de vuelta, visto en primera persona. 

Desde Phnom Penn hasta Vietnam, otras seis horas, se hizo más corto. Tanto por la agradable charla que mantuve durante horas con dos japoneses que hacían el mismo recorrido que yo (uno de ellos era desgraciadamente de Sendai, una de las zonas más afectadas por el tsunami que asolaría el país semanas más tarde), como por el estado de la carretera, algo mejor que la anterior.

Llegamos a ciudad Ho Chi Minh ya de noche y sorprende comprobar cómo la ciudad está mucho más desarrollada de lo que uno se imagina. Una urbe más elegante y limpia que Bangkok, al menos el centro de la ciudad. Impresionante la cantidad de motos que hay. Uno se pregunta adónde puñetas irá tanta gente motorizada a todas horas. Es como si fuera el entretenimiento nacional.

Descansado, al día siguiente quedé con los compañeros de viaje japoneses para hacer turismo juntos.
En primer lugar dimos una vuelta por los alrededores. El mercado de Ben Thanh es una buena muestra de mercado vietnamita, y más higiénico que otros que se encuentran por la ciudad. Destaca la variedad de peces y mariscos. 

Tras la breve visita al mercado anduvimos por algunas de las avenidas más amplias y elegantes que tiene Ho Chi Minh. Incluso el famoso Rex Hotel, que alojaba a los periodistas durante la Guerra de Vietnam, acoge ahora en su planta baja tiendas de lujo, símbolo inequívoco de la apertura económica que lleva realizando desde hace tiempo el gobierno comunista.

A continuación nos topamos con el monumento a Ho Chi Minh, considerado el libertador de la patria que luchó contra los estadounidensese y fue la cabeza visible de la contienda, a pesar de que murió años antes de que terminara y Vietnam se reunificara. La estatua está situada justo en frente del Edificio del Pueblo, actual ayuntamiento y de estilo francés. Me sorprendió que en algunas guías de viaje pusiera que no estaba permitido sacar fotos tanto a la estatua como al edificio. Caso omiso.

Siguiendo el camino por más elegantes avenidas llegamos hasta la Catedral de Notre Dame, la más grande de todas las que los franceses construyeron por la indochina. Si vienes de Europa no tiene mucho que comentar.
Ya al final del recorrido vemos el Edificio de la Reunificación, al que solo se puede acceder en dos horarios (primera hora de la mañana y al mediodía).

Después de un refrigerio, nos aventuramos a ir caminando a visitar algunos templos budistas vietnamitas. Desde el Edificio de la Reunificación se encontraban bastante lejos, por lo que nos llevó más tiempo del esperado.

El primero fue el famoso Templo del Emperador de Jade, llamado así por las tejas color verde jade del techo. El templo es muy vistoso por fuera debido al color rojo de su fachada. Sin embargo, por dentro resulta bastante decepcionante, sensación general de todos los templos de la ciudad que visitamos. El templo no está en absoluto preparado para el turismo, algo sin duda positivo, pues le da un toque más auténtico. Los devotos suelen pasar varios minutos al día encendiendo varitas de incienso y rezando a una pequeña estatua de Buda que hay en la planta baja. 

Una vez terminamos la visita, tomamos unos inmensos Mandu (bolitas rellenas de carne de origen chino pero muy populares en Japón, Corea y los países de sudeste asiático) que sin temor a equivocarme son las mejores que había tomado nunca. 
  
Con las pilas recargadas anduvimos un largísimo, caluroso y polvoriento camino hasta el templo LeVan Duyet, por calles llenas de talleres de motos (no podían faltar, tienen que ser un negocio allí). El templo Le Van Duyet está consagrado al general del mismo nombre, considerado un héroe nacional. Ningún símbolo budista en el recinto, lo que puede llegar a engañar un poco. Es muy común en Vietnam la creación de templos dedicados a héroes históricos, a los que los ciudadanos rezan como si de dioses mismos se trataran.

Y hasta aquí la visita a Ho Chi Minh, último destino de mi viaje. Tras un exhaustivo recorrido turístico de dos semanas, mi experiencia por el sudeste asiático llegó a su fin. Un viaje de los que no se olvidan nunca: tanto por sus imborrables estampas como por esos pequeños detalles que convierten la travesía en una aventura que merece la pena ser vivida. 

Esta entrada va dedicada a todos los japoneses y extranjeros que residen en Japón. Y en especial a Ryunosuke, de Sendai, compañero de viaje en Vietnam que espero que se encuentre bien.
 Ánimo 日本頑張れ

miércoles, 16 de marzo de 2011

Víctimas del desastre en Tohoku

Japón lleva días luchando contra la naturaleza y contra sí mismo en una carrera contrarreloj. Me gustaría apartarme un poco de la disputa que existe estos días en la red sobre si los medios españoles exageran y los medios japoneses no informan lo debido. La situación es la que hay y lo importante es que hay miles de personas afectadas, por lo que poca ayuda es poca.
Para los que viven en Japón y quieran colaborar, pueden hacerlo de dos maneras:

1. Donando sangre, quizás los más necesario en estos momentos. Pueden dirigirse a cualquiera de los puntos que habilita la Cruz Roja por el país. Desgraciadamente, no es posible realizar donaciones de sangre desde el exterior. Para más información: http://www.jrc.or.jp/donation/index.html
Aunque la página está en japonés, habilitan un mapa para consultar dónde se pueden realizar las donaciones.

2. Donaciones de dinero a la Cruz Roja en Japón. Si tienes cuenta bancaria en Japón o tarjeta de crédito puedes hacer ingresos directamente a la sucursal de la Cruz Roja en Japón. La página con los datos es la siguiente: http://www.jrc.or.jp/english/relief/l4/Vcms4_00002070.html
Solo figura el banco Sumitomo. Para donaciones a través de otros bancos nipones:
http://www.jrc.or.jp/contribute/index.html (esta última solo en japonés).

Para aquellos que se encuentran en el extranjero, el único modo de ayudar es mediante donaciones económicas, ya que los gobiernos no recomiendan (y en algunos casos no permiten) ir a Japón a colaborar. Existen varias organizaciones, pero Cruz Roja me parece más de fiar. Estos son los datos para Cruz Roja España:
http://www.cruzroja.es/pls/portal30/portal.donante.donativo

Ni qué decir tiene que una de las mejores formas de ayudar si vives en Japón es ahorrando energía.
¡ÁNIMO JAPÓN!   日本頑張れ!!

martes, 8 de marzo de 2011

Días 11 y 12: Ruinas de Angkor

El parque arqueológico de Angkor (equivocadamente generalizado Angkor Wat) reúne las ruinas de lo que fue el poderoso imperio jemer, que gobernó Camboya desde el siglo IX. Debido al sincronismo de religiones que expliqué en un post anterior, en los templos podemos ver tanto reminiscencias budistas como hinduístas. No obstante, durante una época de la civilización jemer algunos de los templos budistas fueron saquedos, las cabezas de los budas cortadas y se reconvertieron al hinduísmo. Quizás por este motivo los templos de Angkor son uno de los lugares donde más difícil es distinguir los elementos budistas de los hinduístas, pues en muchos de los casos forman una única religión.

Desde luego, Angkor bien merece una visita a pesar de lo incómodo que resulta llegar al país y salir de él. Para visitar el parque podemos escoger varios métodos, pero yo elegí contratar un tuk-tuk por 15 dólares al día y este me llevaba a cada templo y esperaba a que terminara mi visita. Muchos turistas montaban en bici, pero lo considero un error, pues el recorrido total son más de veinte kilómetros, por un terreno penoso y un calor asfixiante. Los tuk-tuk generalmente ofrecen dos tipos de recorridos, uno largo de veintisiete kms y que debe realizarse en dos días, y otro corto, de unos catorce y que recorre los templos más cercanos. Este último esta pensado para un solo día de visita, pero el inconveniente es que deja algunos templos importantes sin visitar y para en otros que no merecen la pena.
Voy a comentar los que más me gustaron:

Angkor Wat
Aunque es el nombre por el que se conoce muchas veces al recinto entero, este es en realidad un único templo. Está considerado el monumento religioso más grande del mundo, y no es para menos, pues su visita puede durar varias horas. 

Está rodeado por unas murallas, que representan las fronteras del mundo, y en el centro, el edificio principal, compuesto por una torre central y cuatro en sus vértices, simboliza el monte Meru, donde habitan los dioses según el hinduísmo, pues este templo originariamente estaba consagrado a Vishnú, dios de la creción. Si vemos la composición del templo desde arriba, nos daremos cuenta de que está basada en el Mandala, representación hinduísta del cosmos que más tarde se adaptó al budismo. Las paredes están decoradas profusamente con apsaras (bailarinas) y otros relieves. Ya en el interior de las torres podemos observar imágenes de Buda que ponen de manifiesto la creciente importancia del budismo en aquella época.

Mi recomendación es ver el templo detalladamente por la mañana temprano y volver a entrar al atardecer, cuando hayamos terminado de visitar el resto. Angkor Wat mira hacia el oeste, algo raro en los templos de la civilización jemer, por lo que se tiñe de color naranja por la tarde.

Angkor Thom
Es como se conoce a un enorme conjunto de templos localizados en el mismo recinto, que está considerado una ciudad misma. El más famoso es el de Bayon, que personalmente es el más impresionante de todos los que pude ver en Angkor.

El templo de Bayon es famoso por las más de doscientas caras de Buda sonrientes que decoran sus más de cincuenta torres. Cada torre tiene cuatro caras que miran a los cuatro puntos cardinales. El significado de las caras es desconocido, pero se cree que simboliza al Buda Bodhisattva (bosatsu en japonés) que todo lo ve. La sensación en el templo de que siempre te está observando más de un Buda es inquietante. 

Bayon representa el último de los estilos arquitectónicos de Angkor, por lo que se caracteriza por una mayor profusión de elementos budistas y escasos símbolos hinduístas.

Tras el espectacular Bayon tenemos un gran número de pequeños templos y muros con relieves desperdigados por Angkor Thom.

Preah Khan
Enorme templo semi ruinoso que resume muy bien el ambiente de Angkor. Es enorme y tiene una estructura cuadrangular. Los detalles de sus muros son de lo mejor que se puede ver en todo el complejo arqueológico.

Ta Prohm
Uno de mis favoritos, precisamente por la atmósfera que le rodea. Recrea el entorno con el que el botánico francés se encontró al descubrir Angkor en el siglo XIX, restos arqueológicos sin intervención del hombre durante cientos de años. Los árboles están incrustados en los muros del templo, algunos de los cuales han tenido que ser cortados por el peso de los mismos. El desgaste del templo durante los últimos años se nota, pues muchos de los muros están derrumbados. Aún así, su visita es imprescindible. Las fotos hablan por sí solas.

Phnom Bakheng
Aunque el templo en sí no tiene nada de especial, el hecho de que se encuentre situado en la cima de una montaña permite al viajero disfrutar de unas vistas impresionantes al atardecer sobre Angkor. Por esta razón es recomendable dejar Phnom Bakheng para el último lugar. El punto negativo lo pone la masificación de turistas a la misma hora para ver cómo Angkor Wat se tiñe con el color naranja del sol poniente.


Pre Rup
La gracia de este templo radica en que está construido a lo alto, al contrario que la mayoría. Sus empinadas escaleras nos llevan hasta la cima, lo que permite observar el inmenso bosque que acoge Angkor. Pequeño y de visita fugaz, merece la pena porque es bastante diferente de otros templos que se encuentran en la zona.

viernes, 18 de febrero de 2011

Día 10: Llegada a Siem Reap

El viaje duró algo más de veinticuatro horas. El recorrido de retorno fue exactamente igual que el de ida. Ya en Bangkok un conductor nos esperaba a los que habíamos contratado el mismo transporte para llevarnos hasta la frontera. El viaje se hizo más o menos entretenido gracias a que todos los viajeros éramos europeos y conectamos muy bien. Desde luego uno no deja de sorprenderse con los viajes que hace la gente por el mundo.
 La frontera entre Tailandia y Camboya es, posiblemente, el lugar más pobre que haya visto jamás. Un terreno arenoso donde no hay absolutamente nada: solo cuatro casas, un arco de bienvenida a Camboya y, eso sí, mucha gente. El proceso para conseguir un visado de entrada, obligatorio incluso para turistas, es bastante engorroso y lento, pues tardó algo más de dos horas a pesar de que tampoco había tantos turistas. Rompe el corazón ver a niños tirar carros enormes, trabajar con tractores o simplemente estar tirados en el suelo.
Desde la frontera, cogí un taxi con los chicos daneses que conocí en el autobús y, tras dos horas de viaje de nuevo, por fin llegué al hotel, en la ciudad de Siem Reap. El larguísimo viaje me dejó exhausto y sin ganas de separarme del aire acondicionado de la habitación.
 
Siem Reap es la ciudad (o mejor llamémoslo un lugar con más de dos casas juntas) más cercana a las ruinas de Angkor. Por este motivo, todos los turistas escogen esta pequeñísima ciudad, lineal y apenas sin asfaltar, como lugar de alojamiento para visitar los templos.
Mañana por fin comprobaré si los templos de Angkor hacen honor a su fama.

Días 5 a 9: Ko Samui

El frío que pasé en el tren me dejó mal cuerpo. No entiendo cómo pueden poner el aire acondicionado tan fuerte. No exagero si digo que podíamos estar a 5 grados.
Llegué a la estación de Surat Thani por la mañana, pero luego hasta Ko Samui aún quedaba un largo camino. Desde Surat Thani tuve que coger un par de autobuses hasta el puerto, donde a su vez monté en el ferry. Cada uno de los trayectos duraba más de una hora, por lo que finalmente no pude llegar al hotel hasta las tres de la tarde. En Bangkok el transporte no estaba mal del todo, pero ya en el sur del país es un auténtico desastre. Las compañías de tours y viajes organizados se las ingenian para meter a varios grupos en el mismo autobús, por lo que si tienes la mala suerte de bajarte en el último destino, tu viaje tardará bastante más de lo previsto. Viéndolo en el mapa, no son más que unas pocas decenas de kilómetros, pero mi viaje desde la ciudad de Surat Thani hasta el puerto tardó casi tres horas precisamente por eso. 
El trayecto en ferry tardó unas dos horas aproximadamente, bastante agradable por tratarse del primer sol de la mañana. Una vez en el puerto de Nathon cada uno debe arreglárselas para llegar a la playa donde tiene el hotel. Es aquí donde intentan aprovecharse descaradamente de los turistas, pues los taxis pedían 600 bats hasta la parte oriental. Cogí una mini furgoneta roja que trasladaba a otros tailandeses por solo 100 bats, un precio más que razonable.
Durante los siguientes cuatro días no hice más que disfrutar de la playa. Aunque personalmente me gustaron más las costas de la península de Yucatán, en México, las de Ko Samui tampoco estuvieron mal del todo. Quizás me esperaba demasiado y el tiempo no ayudó, ya que hacía bastante viento y el mar estaba bastante embravecido, por lo que no dejaba relucir ese famoso color azul verdoso.

La isla no tiene ningún interés cultural, a excepción de un pequeño Wat que hay al norte. Por la mañana está bastante llena de parejas mayores (al menos la playa donde yo estaba, Lamay), y por la noche la gente joven (y no tanto) salía a beber en un ambiente de prostitución y pederastia que a mí no me hizo ninguna gracia. Puede que me equivocara de playa, o no, pero no deja de ser vergonzoso que los occidentales vayan a una isla perdida en el mar, donde ni siquiera había policía, para tener sexo con menores. La fama de Tailandia con respecto a la prostitución infantil no es una leyenda. Es la realidad pura y dura, y lo que más duele es que seamos los occidentales, que se nos llena la boca hablando de los derechos humanos, los que empeoramos la situación. Palabrería barata occidental. A ver si dejamos de ser tan sumamente cínicos y damos ejemplo de una vez.
Tras los cuatro días de reflexión, hice el camino de vuelta a Bangkok del mismo modo. Y con las mismas vueltas, claro está. Desde Bangkok cogeré un autobús que me llevará hasta el corazón de mi viaje, el motivo por el que he llegado hasta aquí: las ruinas de Angkor, en Camboya. Si es tan solo una décima parte de lo impresionante que dicen que es, estoy seguro que no decepcionará. Veremos qué tal.

domingo, 13 de febrero de 2011

Día 4: Adiós, Bangkok

Antes de dejar el hotel cogí un barco, el Express Boat, para recorrer el río Chao Phraya y llegar al templo Wat Arun. Es, sin duda, el medio más cómodo de llegar. Nos podemos bajar en el puerto número 8 y coger una pequeña balsa que nos lleva hasta la orilla opuesta.

Wat Arun
Llamado así por estar dedicado a Aruna, diosa hindú del amanecer, su estilo difiere bastante de otros templos de la ciudad. Compuesto por un prang central (torre propia de los santuarios hindúes que simboliza el monte Meru, donde habitan los dioses) enorme y cuatro más pequeños en las esquinas. Se puede subir hasta la mitad aproximadamente del prang central, y merece la pena el esfuerzo de escalar esos peldaños imposibles para disfrutar de las vistas del río desde lo alto. El esfuerzo de subir los escalones, muy estrechos y altos, simboliza la dificultad de lograr alcanzar los niveles más altos de la existencia humana. La imagen de las torres vistas desde el río tampoco tiene desperdicio.
  Con este templo podemos observar muy bien el sincronismo del hinduísmo con el budismo. La fe budista se ha caracterizado en toda su historia por ser tolerante y abierta, por lo que el sincronismo de esta con otras religiones y culturas no es nada extraño en los países asiáticos. Esta fusión del budismo (a nivel tanto artístico como religioso) con otras religiones no solo se da con el hinduísmo, propia del sudeste asiático, sino que también podemos encontrarla en Japón, con el sintoísmo; en Corea, con el confucianismo (este, más bien una filosofía), y en China, con el Taoísmo.

Este es el tercero y último de los principales templos de Bangkok. Si vamos a estar un solo día de visita por la ciudad, el recorrido recomendado es: Wat Arun, Wat Pho, Wat Phra Kaeo. Nos dará una vista general del budismo tailandés.
Tras esto, volví al hotel a recoger mis cosas y me dirigí caminando a La zona este de Sanam Luang, donde se ubica un gran número de templos menores, no por ello menos espectaculares. Además, su escasa afluencia de turistas me permitió disfrutar mucho más de un ambiente más místico.

Wat Ratchabophit
Cerca de Sanam Luang, no entra en la lista de templos principales, pero dicidí visitarlo por estar en una zona con templos muy cercanos entre sí.
La entrada es sobrecogedora, con unos detalles en la arquitectura del pabellón principal y los muros que no había visto en otros templos. Tiene una estructura circular y su estilo es una mezcla asiática con influencias europeas, bastante común en los templos de Bangkok. Fue construido durante la segunda mitad del siglo XIX y las piezas que forman los coloridos muros y columnas están echas de porcelana. El pabellón principal es de estilo de Sri Lanka, donde el chedi (la columna dorada de la foto) se encuentra sobre este.

Wat Suthat
De construcción más temprana que el anterior, su blanco pabellón (wihan) es el más grande de la ciudad. Tuve la suerte de entrar cuando un monje estaba oficiando unos rezos, por lo que encontré a bastantes fieles en el pabellón recitando las escrituras. La lectura se hace con cánticos indescriptibles, que recuerdan a invocaciones o ritos místicos. Toda una experiencia, diferente de las que había presenciado en Japón o Corea. El Buda del interior es inmenso, y los murales vuelven a ser imponentes: ofrecen una representación de la cosmología budista.
En el exterior del wihan tenemos un gran número de estatuas de Buda muy similares a las del Wat Phra Kaeo.

Wat Rachanadda
Desafortunadamente, el templo estaba en reconstrucción, aún así se podía visitar por fuera, con el consiguiente estorbo de los andamios. El pabellón es metálico, algo muy poco común en Tailandia, y el chedi es también de estilo de Sri Lanka.
Fuera del templo hay un larguísimo mercado de amuletos y demás artículos budistas.


Por último, vi el exterior del Monte Dorado, llamado así porque tiene un Wat con un chedi de oro en la cima. No tiene demasiada altura y se asimila más bien a una pequeña colina. Antiguamente, era el lugar donde se realizaban las cremaciones.
 
Tras este maratón turístico, cogí el autobús hasta Siam Paragon, el centro comercial más espectacular de Bangkok, para descansar hasta la noche. Atestado de gente, estos grandes almacenes se encuentran en la conocida plaza de Siam, y te hace olvidar la pobreza de otras zonas. Aunque desgraciadamente la clase social con bajo nivel adquisitivo aún sigue siendo numerosa, existe una creciente clase media que se deja ver por estos lares para quemar la tarjeta de crédito.

Por fin llegó la noche y fui a coger el tren a la estación Hua Lamphong. De noche presenta un aspecto bastante tétrico, con luces muy tenues, sin aire acondicionado y un ambiente de principios del siglo XX. Incómoda, quizás, pero con espíritu propio.
Se presenta una larga noche sentado en el tren, esperando por fin a vislumbrar el por tanto tiempo ansiado mar.

Día 3: Ayutthaya

Día bastante movidito... Cogí el tren destino a Ayutthaya en la estación Hua Lom Bong. El precio irrisorio del billete ya me hizo presagiar las condiciones en las que estaría el tren. El trayecto, aunque estipulado en hora y media, duró algo más de dos horas, además del retraso de veinte minutos con el que partió. Sin aire acondicionado y con el sol directamente de lado, era mejor tomarse las dos horas de viaje con paciencia.
Una vez en Ayutthaya, los tuk-tuk y agentes de viaje agobiaban a los turistas con ofertas. Hay que tener especial cuidado porque estos pueden convencerte de que el templo al que te diriges está en la otra punta de la ciudad para que te montes en sus vehículos, cuando en realidad el lugar está al lado mismo. Aunque esto es muy característico de Tailandia en general, por lo que he podido comprobar.


Hubiese sido preferible alquilar una bicicleta individual, pero yo, espartano donde los haya, decidí ir a pie, error fatal con desastrosas consecuencias.
Empecé la visita por el templo Wat Ratchaburana y seguí con el Wat Phra Mahathat, el más famoso de la ciudad. Ayutthaya fue la capital del reino del mismo nombre, que precedió al de Siam, antiguo nombre del Reino de Tailandia. Vivió una época de esplendor cultural y militar, hasta que la ciudad fue saqueada por los birmanos en 1767. Debido a esto, todo lo que queda en Ayutthaya son ruinas de una cultura que fue la antecesora del arte tailandés del siglo XIX. Los templos se considera que tuvieron un estilo arquitectónico muy parecido a los que podemos encontrar en Bangkok. Sin embargo en Ayutthaya solo encontraremos los cimientos de lo que fue, lo que no menosprecia su valor cultural. Destaco la cabeza de Buda rodeada de las ramas de un árbol.
 
Tras la visita del segundo templo, y en busca del tercero, el espíritu aventurero me convenció de que cogiera un atajo, atravesando la parte seca de un río. No estaba tan seca como imaginé y la tierra me tragó literalmente, cubriéndo me hasta el pecho. Afortunadamente unos chicos lugareños que estaban por allí me ayudaron a salir con un palo (los chavales estaban muertos de risa, claro está, pero tampoco les iba a quitar yo la diversión, con tal de que me salvaran...). Por suerte, todo el equipo que llevaba (cámara, iPad, guía, cartera...) quedó a salvo en la mochila.
El barro pesaba y no podía caminar mucho rato en esas condiciones, menos aún entrar en algún lugar turístico. A pocos metros del maldito río estaba la familia que me ayudó. Tenían una especie de restaurante para turistas, vendían bebidas y ofrecían transporte. El anciano de la familia me ayudó a quitarme el barro con la manguera, pero no tardó en venir el resto de gente para echar una mano o para curiosear un rato. Estuvimos bastante tiempo limpiando toda la ropa. Una señora me regaló un pantalón corto y tras darle veinte mil veces las gracias, me llevaron hasta la estación de autobuses, pues mi humor ya no estaba como para continuar haciendo turismo. No sé que hubiese pasado si no fuera por la amabilísima familia que salió de la nada. Me dijeron que cuando volviera a mi país hablara sobre ellos, y aquí esta, pues, mi agradecimiento. Lástima no haberme echo una foto con ellos.
Durante el trayecto en tren de vuelta a la ciudad, conocí a un par de chicas japonesas que, a pesar de tener tan solo veinte años, estaban haciendo un viaje por todo el sudeste asiático, incluido Laos y Myanmar. Con un par, sí señor.
Ya en la ciudad, tras ducharme y mandar a la tintorería toda la ropa enfangada fui a darme una vuelta por Silom, otro de los lugares modernos de la ciudad. El acceso fue fácil: una vez en la Plaza Siam, que visité el día anterior, se toma el Skyline, tren que recorre la zona en dos líneas sobre la carretera. Unas vistas muy bonitas, sobre todo si se coge de noche.
Silom es como Siam Square pero con mercadillos para los extranjeros, donde se pueden conseguir desde recuerdos de viaje hasta ropa, bien barata si sabemos regatear.
Se nota la mano japonesa en las zonas modernas de Bangkok. La mayoría de las tiendas, restaurantes o grandes almacenes son nipones. No solo eso, sino que el noventa por ciento, sin exagerar, de los coches que se ven en la ciudad son de la marca Toyota. Parece ser que han hecho un buen negocio con los tailandeses. Si entras en cualquier supermercado o tienda de veinticuatro horas, la mayoría de los productos que verás son japoneses. Además de verse bastantes chicas de estilo Gal por la ciudad. Han sabido bien vender su cultura moderna.
Mañana último día en Bangkok. A disfrutar de más templos y por la noche, rumbo a la playa.